María José, no me parece que sea elitismo en absoluto: si fuera así, la propiedad seguiría siendo suya, y mantenida en las mismas condiciones que se perciben en las fotos del enlace.
La bisnieta lo ha dejado muy claro: la finca era suya, y podían hacer lo que quisieran con ella, una vez acabada la época que podía permitir construirla y, sobre todo, mantenerla, con los recursos obtenidos de la manera que muy acertadamente señalas.
Nosotros podemos apreciar un valor estético, pero las familias que dependen de patrimonios heredados para seguir manteniendo un cierto estatus, no tienen más remedio que malvender y dejar que el capitalismo destruya lo que "respetó" el comunismo.
En cualquier caso, el pabellón de los Heusch era esplendoroso más por contraste con la Barcelona que lo rodeaba, que por lo que le pudiera venir del estilo ecléctico, neoclasicizante en el exterior, y churrigerizante en el interior, de un Bona i Puig muy lejos de ser un Ange-Jacques Gabriel, y unos interiores que, por lo que se ve, tampoco eran precisamente ni Verberckt, ni Gasparini.
Piensa, por último, que para haber podido acabar siendo hoy un "equipamiento de barrio", esos interiores habrían tenido que modificarse o, al menos, "emparedarse" (como en ciertos salones del Palau de la Generalitat), y la conservación, como suele suceder, habría sido más fachadismo que mantiene el cascarón arquitectónico, y vacía toda la "historia" y el "esplendor" (una vez descontado algún buen tapiz flamenco o bargueño "de recuerdo" para los herederos) que hoy resulta incompatible con las necesidades de la nueva "clase media", sea NyN, sea el lumpenariado moderno.
Solo hay que ver las fotos para comprobar que esos interiores ya estaban, hace cincuenta años, lejos de ofrecer la riqueza de contenidos del recuperado Mas Ravetllat-Pla. El "patrimonio" de familias venidas a menos, cuando ha tenido la dudosa fortuna de haber sido preservado, tiene un valor más arqueológico que artístico: algún alma cándida puede pensar que los muebles y porcelanas de un palau Moxó se malvendieron y alguien se llevó unos buenos chollos, pero quien tenga lo que suelen llamar buen ojo para el arte, es consciente de qué se pierde con ello y qué no.